El príncipe que quería ser gallo

Este antiguo cuento nos recuerda el valor que tiene la fórmula 3a para comunicarnos con un niño y ayudarle a aprender (acepte que el niño tome la iniciativa, adáptese para compartir la experiencia y agregue información).

Érase una vez, en un pequeño reino a muchas leguas del nuestro, un rey y una reina que compartían el palacio real con su único hijo. El joven príncipe era el centro de los cuidados de todos los habitantes del castillo, pero nada superaba el amor que le tenían sus propios padres, el rey y la reina. Ellos se desvivían porque estuviese rodeado de los maestros más sabios y los adivinos más confiables, quienes lo irían preparando para el día en que habría de ser rey.

Un día sucedió algo terrible… ¡el príncipe se quitó las vestiduras reales y comenzó a pasearse por todo el castillo aleteando y cacareando como si fuera un gallo! Se negaba a compartir la mesa con el rey y la reina y sólo aceptaba comer granos de maíz que recogía del piso. Como es de suponer, los padres del príncipe quedaron muy, pero muy preocupados. Hicieron traer los mejores médicos que había en el reino y les pidieron que hiciesen algo con urgencia por el príncipe. Los médicos del reino intentaron todo lo que su ciencia les había enseñado. Algunos ensayaron píldoras y pociones; otros, hechizos y conjuros mágicos. Pero todo fue en vano. El príncipe seguía paseándose por el castillo, aleteando con los brazos y cacareando alegremente. Ante el fracaso de los médicos, el rey y la reina estaban al borde de la desesperación.

Una mañana se presentó en el castillo un extraño viejecito de barba blanca y penetrantes ojos azules. Tenía cara de sabio y los cabellos de su canosa barba casi rozaban el suelo. Pidió hablar con el rey, y cuando lo tuvo enfrente le dijo: “Su alteza, he oído del mal que aqueja al príncipe, y estoy seguro de que puedo curarlo”. “Pero, ¿qué tipo de remedio usas?”, preguntó sorprendido el rey. “Tengo mis propios remedios, su majestad”, replicó tranquilamente el viejo, “pero es preciso que pase siete días solo con el príncipe”.

Venciendo su desconfianza, el rey y la reina decidieron concederle al sabio anciano lo que había pedido, dejándolo solo en compañía del príncipe. Lo primero que hizo el viejo fue quitarse hasta la última prenda de vestir, y cuando hubo terminado fue a acurrucarse al lado del príncipe gallo, aleteando con los brazos a medida que encogía las piernas. El príncipe echó una mirada cautelosa al recién llegado, y finalmente, llevado por la curiosidad, cacareó: ¿Quién eres?”. “¿No ves que soy un gallo?”, respondió serenamente el sabio. “¡Qué bueno, yo también soy un gallo!”, dijo sonriendo el príncipe, quien no ocultaba su alegría de haber hallado un amigo.

Los dos gallos iban alegremente por todo el castillo, cacareando y aleteando juntos, hasta que un día, poquito a poco, el viejo comenzó a caminar más erguido. El príncipe gallo, por mantenerse al lado de su amigo, alzó un poco la cabeza y enderezó su marcha. Al día siguiente, el viejo se había puesto pantalones y una camisa limpia.

“¿Qué te has puesto?”, le preguntó el príncipe. “¡Los gallos no usamos ropa!”. “Tienes razón, mi amigo”, contestó el sabio, “pero en el castillo sopla el viento y me estaba dando frío. No porque lleves ropa dejarás de ser un buen gallo. ¡Inténtalo y verás!”.

Siguiendo el ejemplo de su amigo, el príncipe gallo se vistió, y juntos siguieron alborotando el castillo con su cacareo y el aleteo constante de sus brazos. A la mañana siguiente, el viejecito se sentó a la mesa y empezó a comer granos de maíz que recogía de una bandeja de plata. El príncipe se encaramó en una silla al lado de su compañero. El viejo sabio, con un guiño a los criados, hizo poner la mesa con finísimos cubiertos, copones, una vajilla de plata, y en ella los más deliciosos manjares que el reino hubiera visto en mucho tiempo. Ante la mirada curiosa del príncipe, el anciano comenzó a beber de los copones y a empuñar los cubiertos para llevarse a la boca el exquisito banquete. Pronto, el príncipe gallo hacía otro tanto, y cacareaba con deleite mientras saboreaba los apetitosos platos.

Al otro día, el viejo comenzó a hablarle al príncipe de temas filosóficos. “Los gallos no tenemos que pensar”, protestó el príncipe. “Comemos el maíz que nos tiran, cantamos al salir el sol y aleteamos todo el día sin que nada llegue a preocuparnos”. “Estás en lo cierto”, contestó el viejo. “Pero un buen gallo no deja de serlo si piensa en cosas importantes”.

El príncipe meditó un poco en las palabras de su amigo, y al rato conversaba con él sobre los temas más profundos. Al llegar la mañana del séptimo día, el sabio anciano se despidió del príncipe, pero antes de partir le dijo: “Recuerda, amigo mío, los cazadores están siempre al acecho de los mejores gallos. Si yo estuviera en tu lugar, me haría pasar por príncipe. Gobierna con sabiduría y justicia, y haz el bien adonde vayas”.

A partir de ese momento, el príncipe caminó erguido, habló y comió como persona, y en todo se comportó de una manera digna de un príncipe. Y cuando llegó el día en que tuvo que hacerse cargo del reino, gobernó sabiamente, fue justo con sus súbditos y nunca nadie sospechó que aquel rey magnánimo era en realidad un gallo.

Fuente: “Hablando… nos entendemos los dos”, Ayala Manolson

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